MARINA VARGAS “El culto a Diana”
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Escrito por Javier Sánchez   

«… que así los nombres de Diana y Acteón por un instante restituyan su sentido oculto

a los árboles, al ciervo inquieto, a las ondas, espejo impalpable de la desnudez».

Pierre Klossowski.

 

Diana, cazadora lunar, diosa del nacimiento y la noche, es una divinidad de origen inmemorial. Virgen resplandeciente y mortífera, según la describe Pierre Klossowski, reinaba impasible sobre los contrarios: virginidad y muerte, noche y luz, castidad y seducción. Adorada originalmente por los habitantes del Lacio, durante el dominio romano sus rasgos se fundieron con otra diosa armada y esquiva elaborada sobre el modelo de las amazonas, la helénica Ártemis. La naturaleza salvaje era su ámbito y morada, y velaba sobre la caza y las fieras. Entre los emblemas de la Cazadora, diosa cruel y vengativa, se encontraban el arco, la luna, los perros, las antorchas, los ciervos, los venablos y las flores de los árboles sagrados.

La luz negra de la Sagitaria bendecía los alumbramientos y adiestraba la descendencia. En el santuario de Diana en Nemi, una pequeña ciudad del Lacio, ardía un fuego sagrado inextinguible y en las procesiones cultuales celebradas en agosto las vírgenes desfilaban coronadas de rosas y guirnaldas con una antorcha en la mano. La presencia de Diana, señora de los animales, guiaba a los jóvenes en el arte de la montería y los preparaba para el rito de paso de la caza, cediendo sus bosques y montañas como terrenos de entrenamiento y sus bestias como adversarios. El mito arcaico de Acteón ilustra la desmesura del cazador joven y su terrible e ineluctable destino. De entre los relatos y leyendas conservados destacan dos versiones, en la primera Acteón pretende igualar o superar las proezas venatorias de Diana través de la destrucción masiva e indiscriminada; en la segunda transgrede la prohibición de contemplar el cuerpo visible de la diosa. En ambos relatos el castigo por la hýbris es la metamorfosis y la muerte.

Los nombres de Diana y de Acteón y el temblor de la mirada que evocan forman parte del espacio simbólico que Marina Vargas (Granada, 1980) ha desarrollado a lo largo de su carrera. Presagio (2007) hacía coincidir el crimen y el castigo de Acteón en la figura desollada y abierta de un ciervo enfrentado a un sexo femenino fulgurante. La fascinación de la teofanía petrificaba al voyeur como el depredador a su presa. Los ojos de cristal del ciervo acentuaban el espanto animal, el terror del cazador cazado, y la cornamenta enmarcaba la visión mortal y concéntrica, «la sombra del cuerpo esencial de la diosa», como escribe Klossowski, como una media luna.

«El culto a Diana» es la última exposición de Marina Vargas. Su título proviene de una obra homónima que pone en escena trofeos de caza alegóricos y sombras de diosas bajo la forma de un altar. Emblema de una potencia que se revela y se sustrae, El culto a Diana responde a una nueva interpretación del mito y condensa los temas iconográficos que vinculan la caza al sacrificio como una alianza primitiva entre hombres, animales y dioses a través de la muerte. La dialéctica antropológica de presencia y ausencia que se produce a través de cuerpos simbólicos o imágenes cultuales convoca la presencia de los dioses y la superación de la muerte. La relación entre imagen, culto y divinidad se desarrolla fundamentalmente bajo dos paradigmas: el ídolo y el icono. La diferencia conceptual entre el ídolo y el icono se encuentra en la distancia entre lo sagrado y su manifestación. El ídolo fija lo divino distante y garantiza su presencia, su poder y su disponibilidad, mientras que el icono hace visible la distancia misma de la invisibilidad en una figura insuperable. La obra de Marina Vargas se sitúa en la tensión entre ambos modos de aparición y se interroga por los vínculos y las grietas entre la experiencia de lo sagrado y la estructuras simbólicas de la religión, el paso del culto a la cultura, el desencantamiento del mundo y el poder de las imágenes.

La desfiguración y el desmembramiento de las figuras pintadas en «El culto a Diana» exponen su interior simbólico desencadenado y concentran en su superficie decorada abismo y ornamento. Las imágenes animales reúnen los polos opuestos de una posible anatomía simbólica a partir de la transgresión de los límites del cuerpo vivo y la estatuaria como un arte funerario de la huella y el molde bajo el espíritu de la taxidermia. El desgarramiento de la imagen no se reduce a un contenido sino que constituye un motivo, un principio constructivo y estructural. En su desarrollo iconográfico se aniquilan las fronteras los seres y se privilegian las metamorfosis. Asimismo, este principio responde a una pulsión pictórica que atraviesa los polos opuestos del preciosismo y la visceralidad y se dirige instintivamente tanto al mundo mineral de la piedra y la joya, como al ámbito de la carne abierta y la extinción que simbolizan entrañas y osamentas, flores y llamas.

Javier Sánchez

Granada, marzo de 2011

 

 

Hasta el 31 de mayo de 2011 en:

Galería May Moré

C/ General Pardiñas, 50

28001 – MADRID